El polirítmico e iconográfico universo picotero, segunda parte : la gráfica
Por Carlos Mario Mojica, Don Alirio
Don Alirio es el alterego de Carlos Mario Mojica, barranquillero residente en la ciudad de Medellín, curador, selector, coleccionista e investigador musical con énfasis en el estudio y la protección de los sonidos de América Latina y el continente negro. Su selección musical rinde homenaje al barrio, a los bailes populares y a los sistemas de sonido ausentes de pretensiones, donde se profesa devoción a un único elemento: la música.
Definir la identidad de un barrio, de una ciudad, de un país o continente, siempre es posible hacerlo a través de la música. De esa forma nace Don Alirio, como consecuencia de un diálogo excitante y dubitativo entre público y pentagrama, eliminando cualquier tipo de límite entre ritmos y géneros, contando historias que marquen el proceso de globalización de un universo de discos que llegaron a las costas colombianas desde la década del cincuenta.
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La gráfica
El universo picotero funciona igual que un ecosistema en el que convergen de manera dinámica elementos esenciales como el baile, la música, los picós y, por supuesto, la gráfica. Ésta última ha sido determinante por ser una característica única que marca la diferencia con los diversos sistemas de sonido que hay en el mundo. Los primeros picós que se pintaron tenían la firma de artistas como Alexander Lugo, quien era en ese momento el que más picós pintaba, Byron Herrera, Gerson Acosta, Alberto Cuesta, más conocido como Alcur. Para mediados de los setenta aparece Belisario de la Mata Morales o ‘Belimastth’, un autodidacta de trazo rápido e impresionante manejo de la creatividad.
Más adelante llegaría una de las figuras claves y emblemáticas de la actualidad, el maestro William Gutiérrez, artista plástico de Barranquilla y referente, no solo para otros artistas de la iconografía popular de la ciudad, sino de muchos foráneos y extranjeros que ven en él demasiada inspiración. El maestro William nace el 17 de febrero de 1959, empieza sus estudios de Artes plásticas en Bellas Artes, Universidad del Atlántico en 1981, cuando ya llevaba un tiempo prudente bastante involucrado con la gráfica popular de la ciudad.
Su primera pintura la hace en 1975 para la parte superior de un picó pequeño llamado ‘El verdugo’. En esa misma época el maestro pintaba los carteles de cine del Teatro Santa María y el del Teatro Danubio del barrio el Bosque. Luego, en 1976, hace otra pintura para un picó un poco más grande, se trataba de un trabajo de graduación para un amigo suyo radiotécnico, en 1977 hace la de ‘El Gran Amín’, un picó de talla mayor cuya pintura era el rostro de Idi Amin Dada, dictador de Uganda. Después de eso en 1979, llegaría a sus manos El Gran Freddy, la mina musical de Barranquilla, donde sería también el primer picotero. A partir de ese momento empiezan a llegar nuevos contratos para picós más grandes como El Melódico, El Junior, El Nuevo Pijuán y El Rojo de Julio Pereira. Toda una odisea histórica que ha hecho que su trabajo sea fundamental tanto en contextos de baile, como musicales y académicos.
En el Caribe colombiano, el color no es solo estética: es lenguaje, memoria y resistencia. En ese cruce de ritmos y visualidades se sitúa la obra del maestro William Gutiérrez, quien ha sabido llevar al espacio del arte contemporáneo la potencia visual de la gráfica popular.
Su trabajo está inspirado en la estética picotera, en las calles, en los barrios, en las películas de acción, serie b y bajo presupuesto, en las portadas de discos, transformándolo en una reflexión sobre identidad, comunidad y pertenencia. Lejos de la imitación nostálgica, Gutiérrez propone una relectura crítica y sensible, donde la pintura y el diseño se convierten en vehículo de orgullo cultural y de diálogo entre lo popular y lo académico, sus lienzos se levantan como murales sonoros: tipografías vibrantes, colores intensos y composiciones expansivas que evocan la energía del baile colectivo y la vitalidad de la cultura callejera. La exposición es un homenaje a alguien que traduce la fiesta en obra plástica, que transforma lo efímero en permanencia, que celebra lo local desde una visión universal. Aquí William Gutiérrez reafirma su lugar como referente indispensable en la construcción de un imaginario caribeño vanguardista que encuentra a través de un manifiesto pictórico su forma más poderosa.
Las pinturas del maestro William varían en sus medidas, no existe un tamaño específico por que sencillamente muchas de ellas son personalizadas. Las que adornan la malla de un picó si podrían tener una dimensión común por la estética y el tamaño de la caja. Los colores protagonistas son los llamados fluorescentes o ‘psicodélicos’ como les dice el maestro. La pintura de un picó no se concibe con colores ‘sobrios’, es necesaria la estridencia. La primera capa se hace con colores ‘normales’ y luego viene una capa de colores más vivos. Tales colores fluorescentes vienen en vinilo, laca spray, latas de poliuretano y en esmalte. La desventaja es el poco aguante cuando el artefacto está expuesto al sol, ahí los colores pierden viveza.
La obra del maestro William Gutiérrez merece un espacio en el podium de la vanguardia del arte, su contenido es una sucesión continúa de décadas de cotidianidad enfocadas en temas personales, series de televisión, películas de serie B y subgéneros, portadas de discos, escenarios utópicos y un sinfín de items sin caducidad. Han sido muchos años recreando un universo de carácter original argumentado en la cultura popular, una cronica de barrio de talante poético cuyo resultado retumba en cualquier esquina del mundo. Gracias maestro William, gracias por ser fuente inagotable de inspiración.




